La reconstitución arqueológica del pasado: el papel de las teorías como instrumental heurístico

Por: Prof. Dr. Arno Alvarez Kern
Arqueólogo e Historiador. Professor Titular (UFGRS / PUCRS)
Coordinador del Grupo de Investigación PROPRATA (www.proprata.com)
Email: aakern@pucrs.br

Introducción

Las tentativas de reconstitución del pasado de la humanidad y de la naturaleza, tienen como objetivo rescatar y explicar la actuación de los diversos actores sociales participantes del proceso histórico, así como las transformaciones del escenario en el que estas acciones y reacciones se han desarrollado a lo largo de los siglos y de los milenios. Esta actividad de reconstitución científica del pasado se lleva a cabo en el ámbito de las diversas ciencias, sociales unas y de la naturaleza otras. Las reconstituciones del pasado realizadas por los científicos del área de las ciencias de la naturaleza abarcan la Paleontología, la Paleobotánica y la Geomorfología. Las actividades de investigación que tienen como objetivo revelar el pasado de la humanidad, desde sus orígenes hasta los tiempos actuales, comprometen arqueólogos, etnohistoriadores e historiadores. Aparentemente, las ciencias sociales y de la naturaleza están muy alejadas entre sí. Pero es cierto que comparten muchos problemas semejantes; ninguna de ellas tiene la posibilidad de observar y analizar directamente su objeto de investigación. Realizan la reconstitución del pasado natural o de la humanidad de manera indirecta, a través de testigos limitados y que sobrevivieron con muchas dificultades: pólenes, fósiles, restos esqueletales, sedimentos de eras geológicas, elementos de la cultura material de grupos prehistóricos, textos e inscripciones, obras de arte, etc. La producción científica de estas investigaciones relacionadas con el pasado del planeta o de la humanidad, supone dos tipos diferentes pero complementares de abordajes. Se trata, por un lado, de la descripción de los fenómenos naturales y humanos reconstituidos a partir de fuentes materiales o escritas, y por otro lado, de las teorizaciones y explicaciones elaboradas intelectualmente. Muchas veces, el pensamiento de estos científicos oscila entre dos extremos: descripciones factuales a-teóricas y abstracciones absolutamente metafísicas y especulativas.

El papel casi exclusivo que el empirismo desempeña muchas veces en el espacio de esta producción intelectual, ha llevado, por una parte, a un desequilibrio entre una actitud descriptiva y detallista, y por la otra a una insuficiencia teórica importante. La reacción crítica hacia textos demasiado descriptivos condujo a muchos científicos y ensayistas a elaborar arquitecturas intelectuales muchas veces sofisticadas, pero en las que, según la documentación existente, se evidencian pocas relaciones con las informaciones de tiempo y espacio, medio natural y de contexto sociocultural. Estos contrastes entre la masa de conocimientos empíricos reunidos y las limitaciones inequívocas de las generalizaciones teóricas metafísicas utilizadas como verdades “a priori”, son el origen de estas consideraciones. El propósito de este trabajo es el de presentar, de la perspectiva de los abordajes interpretativos relacionados con los documentos materiales, las conveniencias, ventajas y desventajas del uso de las teorías, a fin de obtener una aproximación más adecuada a las realidades extintas del pasado. Asimismo, nos proponemos destacar cómo la utilización consciente de teorías, principalmente las de la Arqueología - a las que nos limitaremos -, requiere un rigor científico mayor y define mejor su situación de disciplina autónoma, aunque complementaria, especialmente ante las demás Ciencias Sociales tales como la Sociología, la Antropología y la Historia.

Las reflexiones aquí expuestas no pretenden ser una crítica inapropiada, ni tampoco un panorama pesimista sobre la actual situación de la producción científica de la Arqueología. Por el contrario, estamos seguros de que los conocimientos acumulados en estas últimas décadas, son una base sobre la que se ha estado estableciendo un saber acumulativo cada vez mayor. Creemos que una discusión científica interna entre los científicos involucrados en la problemática teórica de la reconstitución del pasado, es extremamente provechosa. Esta discusión adquiere mayor relevancia, fundamentalmente cuando se trata de los rumbos futuros de las tentativas teóricas para explicar las reconstituciones idealizadas que se han hecho del pasado de la humanidad. Estamos obligados a reconocer la necesidad apremiante de este debate, principalmente cuando percibimos una serie de nuevas inflexiones y cuestionamientos que se les están planteando a la Arqueología. Puede observarse este hecho de diversas maneras: en las actividades crecientes de formación de recursos humanos a nivel de posgrado; a través de nuevas publicación de cuño teórico[1]; en las discusiones en los congresos de sociedades científicas e, incluso, en reuniones dedicadas al debate de investigaciones y teorías[2].

Dos aspectos importantes llevan a este tipo de discusión epistemológica. En primer lugar, el análisis de los caminos seguidos por una ciencia es temático, hecho común en la teoría del conocimiento. Si la teoría del conocimiento, durante mucho tiempo, condujo a los filósofos de la ciencia a realizar análisis sobre los métodos y los tipos organizacionales de los saberes, actualmente son los arqueólogos los que realizan la crítica de su propia investigación. Esta es una forma saludable de autocrítica que debe ser continua y sistemática[3]. En segundo lugar, hay un reconocimiento, generalmente aceptado, de la necesidad que tenemos de perfeccionar nuestros instrumentos de investigación. Para la búsqueda del conocimiento sobre al pasado de las poblaciones que componen la humanidad a lo largo de este inmenso proceso histórico y en los múltiples espacios y paleopaisajes de este planeta, precisamos de innumerables y a veces sofisticados instrumentos. Generalmente, ellos sirven tanto para las actividades de investigación realizadas directamente en los archivos de documentos escritos y en los archivos del suelo, como para los análisis de gabinete y en laboratorio. A partir de ellos es que tenemos condiciones de estudiar las manifestaciones de las fuentes escritas o materiales, recogidas en las investigaciones históricas y arqueológicas, entre todas las fuentes que se conservaron en el correr de los siglos. Sin embargo, en el momento en que nos proponemos clasificarlas, compararlas y explicarlas, y que pretendemos reconstituir la realidad del pasado, necesitamos también otros tipos diversos de utensilios intelectuales, igualmente precisos y sofisticados, tales como las teorías, los conceptos y los paradigmas. Entre todos ellos, se destacan las teorías, como instrumental heurístico necesario e imprescindible.    

1. La inferencia y la reconstitución del pasado

Los primeros trabajos para el desarrollo de las ciencias que tienen como objetivo la reconstitución del pasado, se centraron, en un primer nivel, en la mejoría de los métodos de obtención de informaciones a través de los archivos del suelo y de los documentos materiales; y en un segundo nivel, en el perfeccionamiento de los análisis de los datos obtenidos. Las preocupaciones con la aplicación objetiva de una ciencia “positiva” (y no “positivista” como equivocadamente ya se ha afirmado) en el tratamiento de los documentos materiales de la cultura, han sido características a principios de este siglo. Se trató de dar un mayor rigor científico al proceso objetivo de las investigaciones de los arqueólogos e historiadores. Esta fue una reacción clara contra las especulaciones metafísicas y especulativas que tendían a dar explicaciones teleológicas sobre todo el devenir de la humanidad, tales como las Filosofías de la Historia de Hegel, Comte, Toynbee y Spengler. No obstante, un tercer nivel de las investigaciones que apuntan a la reconstitución del pasado, el de las inferencias teóricas, recientemente empezó a llamar la atención de los propios arqueólogos, superando la magia de las filosofías de la historia. Los arqueólogos empezaron a adquirir más confianza y aptitud en la utilización de modelos heurísticos y de teorías explicativas hacia el final de los años 60[4]. Por inferencia teórica, entiéndase la utilización del razonamiento, de la inducción y de la deducción en el proceso de investigación. Teorías, conceptos y paradigmas pasaron entonces, poco a poco, a ser los mejores utensilios disponibles para obtener resultados más efectivos en nuestras investigaciones sobre los vestigios documentales remanentes de las siempre cambiantes realidades socioculturales del pasado. Este hecho refleja un cambio sustancial. Empezamos a privilegiar las teorías científicas producidas por los propios investigadores, en detrimento de las teorías especulativas de los filósofos.       

Las investigaciones arqueológicas del pasado nos posibilitan, mediante el análisis de los documentos materiales y escritos, poner de manifiesto una perspectiva diacrónica. A partir de ella, empezamos a elaborar interpretaciones sobre el proceso global de desarrollo de las diversas sociedades humanas. Nuestra sociedad admite, en un consenso amplio, que esta perspectiva es fundamental para la comprensión de nuestro actual contexto histórico. Leroi-Gourhan afirmó que es esta necesidad imperiosa la que guía al hombre a la búsqueda del descubrimiento de sus orígenes, o sea, hacia los enigmas de nuestro pasado[5]. Nuestro saber y nuestras prácticas cotidianas, adquiridos en el día a día de nuestra existencia, deben estar, así, acrecentados de conocimientos y de interpretaciones sobre el panorama general diacrónico de nuestros orígenes. Es la única forma posible para que obtengamos una consciencia objetiva sobre la elucidación del presente y el planeamiento de nuestro futuro, sea como individuos, sea como grupos, sociedades o como humanidades. Lejos de ser una investigación inútil, mero fruto de esta curiosidad tan típica de los primates y del hombre, la reconstitución del pasado basada en fuentes iconográficas, materiales y escritas, establece una perspectiva más amplia que aquella permitida únicamente por los documentos escritos tan preciados por los seguidores de la escuela metódica del siglo 1919[6]. Esta amplia reconstitución del pasado de la humanidad permite incluir, en el enmarañado proceso histórico de más de dos millones de años, a las sociedades con o sin escritura, analizadas a través de su documentación escrita, material e iconográfica. Tanto la Arqueología como la Historia deben, por lo tanto, ser capaces de comprender e interpretar sus hallazgos, mediante paradigmas y teorías, para poder atender sus complejos objetivos.

La producción intelectual de los arqueólogos ha estado muy influenciada por las concepciones de la escuela metódica y de la ciencia positiva, denominadas de “positivistas”, desde el inicio de las primeras investigaciones científicas. Mientras que otras ciencias, tales como la Antropología y la Sociología, han renovado sus paradigmas y sus explicaciones teóricas a lo largo del siglo actual; los textos de muchos de los arqueólogos no han superado la fase de simples transcripciones de documentos escritos o de listas de objetos encontrados, en un esfuerzo descriptivo exhaustivo, pero sin mayores perspectivas conceptuales o interpretativas.

No podemos ignorar que existe una interdependencia y una continua dialéctica entre el investigador (sujeto que busca el conocimiento) y los documentos materiales (fuentes del conocimiento). Por un lado, es evidente que los vestigios materiales hallados en los sitios arqueológicos nos suministran datos y evidencias que no podemos ignorar. Ellos nos obligan a adecuar nuestras interpretaciones y modelos concebidos a priori. Por otro lado, es a través de nuestras problemáticas iniciales, de nuestras teorías y cuadros de referencia conceptuales que nosotros organizamos y explicamos estas mismas evidencias. En este complejo de relaciones mutuas, tanto el investigador como el objeto de su investigación, están introducidos en el contexto de la sociedad actual, de la cual sufren influencias dado que hacen parte de ella misma. No se puede, por lo tanto, suponer una pasividad y una neutralidad del sujeto que conoce – el investigador – ante los documentos recuperados en el curso de las investigaciones. Esto significa ignorar que la relación de conocimiento nunca es pasiva, sino que admite una circularidad de influencias, de acciones y reacciones. Al sufrir la influencia de los datos, pero igualmente, manipulándolos y reorganizándolos, según modelos y teorías de la forma más objetiva posible, el investigador es, al mismo tiempo, activo y pasivo. La neutralidad del investigador no es nada más que un mito, en la medida en que él está situado en un cierto contexto científico, en una de las etapas del desarrollo de una ciencia en construcción. Está del mismo modo comprometido con su época histórica, como individuo, como grupo y como categoría social[7]; comprometido con los problemas y las indagaciones de su presente. Sin embargo, es su deber empeñarse en conseguir la mayor objetividad y racionalidad posible, a fin de alcanzar las metas que se propone en su investigación.

El arqueólogo no puede observar el pasado directamente, sino sólo a través de los vestigios materiales que sobrevivieron y que llegaron a sus manos, lo que le obliga a realizar una reconstitución mental del pasado, en un esfuerzo de imaginación científica. Por ello, los arqueólogos no pueden limitarse a la elaboración de listas detalladas de objetos, a semejanza de las listas dinásticas de los historiadores del pasado, ni crear falsas genealogías de punta de flechas pedunculadas[8]. A su parte, los historiadores y los arqueólogos crearon evoluciones de entidades que nunca pasaron de categorías de análisis, ni de conceptos clasificatorios o explicativos: civilizaciones, formaciones sociales, tradiciones culturales, estados, naciones, etnias, etc. Todas las descripciones e invenciones de fases, facies, tradiciones, formaciones sociales, culturas, secuencias cronológicas – incluso las más objetivas y diagnósticas posibles – no son “datos” objetivos como lo son los artefactos in situ, o los documentos de un archivo. Son los productos de un acto de reflexión y de imaginación científica. Son elaborados intelectualmente a partir de los raros documentos examinados, entre los pocos encontrados y que forman parte de un número limitado que ha sobrevivido hasta el presente. Estas limitaciones de las fuentes van igualmente a limitar el uso de las teorías, en la medida en que sólo parcialmente ellas podrán explicar el pasado, dado que de él conocemos únicamente una pequeña parte, aquella que nos es accesible a partir del muestreo reducido de fuentes documentales encontradas.

No debemos nunca ignorar que el objeto de nuestros estudios no son los vestigios en sí; por ejemplo, objetos y estructuras arquitectónicas. Son las sociedades que los produjeron y consumieron y de cuya cultura ellos son los últimos remanentes. A partir de estos vestigios es que se elaboran las interpretaciones idealizadas sobre estas sociedades y sobre sus cambios culturales en el pasado, a través de procesos de larga, media o corta duración. Entonces, aún teniendo como base la materialidad de las evidencias arqueológicas, las reconstituciones mentales del pasado (incluso cuando son elaboradas criteriosamente por los investigadores), no son sino una serie de juicios aceptados consensualmente. Estas generalizaciones teóricas son muchas veces plausibles y verosímiles, otras veces fantasiosas y poco pertinentes. Pero no son nunca una verdad absoluta. Solamente la utilización cuidadosa del rigor científico puede evitar que nos olvidemos de la fragilidad de la arquitectura mental y del limitado armazón de evidencias que les dan vida y colorido. Es en ese momento que debemos ponderar la importancia de las teorías en este proceso de análisis científico y de búsqueda de explicaciones verosímiles.

2. La conveniencia de la utilización de teorías: límites y posibilidades

Con frecuencia, se perciben reacciones conscientes o inconscientes del uso de teorías por parte de ciertos investigadores. Muchos no consiguen comprender la polisemia del término “teoría” y desisten de superar este primer obstáculo, por no darse cuenta de que este es un problema lingüístico. La polisemia es una característica muy común a una serie de otros términos dotados de diversos sentidos, no siempre perfectamente conceptuados, como es el caso de la propia palabra “ciencia”[9]. Otros investigadores hacen incluso objeciones más formales y candentes. Nótese que se afirma que el uso de las teorías nos aleja de las fuentes documentales y limita su uso, privilegiando la teoría en detrimento de las evidencias empíricas. Se asevera, asimismo, que cuanto más teórico, más vacío. Hasta se duda de que haya correlación entre lo que se presenta como teoría (fantasía, sueño) y las evidencias documentales (únicas certezas). Muchos temen las influencias apriorísticas que las ideologías y las filosofías suelen ejercer sobre las teorías, pudiendo así desviar al investigador del campo de la ciencia para el de los posicionamientos doctrinarios. Se llega aún a afirmar que los argumentos teóricos utilizan conceptos actuales que sirven sólo para ponerle una camisa de fuerza a las realidades concretas del pasado. Y, en un límite extremos de esta posición, se deja para las generaciones futuras el trabajo de interpretar los datos que el investigador se preocupa en describir en la forma más detallada posible. En cuanto a las interpretaciones, ¿no estarían mejor en las manos de los sociólogos, de los antropólogos y de los filósofos? Muchas de estos argumentos son comunes en los textos producidos por arqueólogos. Pero, a diferencia de numerosos investigadores empiristas europeos, no se deben tanto a una postura teórica frente a los datos. Ellas acaban conduciendo, un poco por ingenuidad, un poco por ignorancia, a un empirismo a-crítico muy grande, principalmente porque se juzga que en el vestigio material de la cultura está “la verdad”.

Las tendencias descriptivas, sin embargo, han sido responsables de progresos de gran magnitud en el campo de la investigación europea sobre el pasado de la humanidad. No podemos dejar de reconocer que los proyectos de Bancos de Datos que desde hace mucho están siendo desarrollados en Europa, en los Estados Unidos y entre nosotros, se proponen reunir millares de informaciones sobre objetos arqueológicos variados, descritos en todos los detalles que se consideran fundamentales. Sus resultados han sido favorables para los análisis comparativos, tan comunes en las ciencias sociales. Teóricamente se discute, por un lado, la relación entre descripción y registro detallado de los “hechos”, y por otro lado la posibilidad de elaboración de teorías pertinentes[10]. En Francia, Paul Courbin siempre destacó la necesidad de problemáticas bien definidas como punto de partida de la investigación. No obstante, el autor nos alerta sobre el hecho de que las evidencias existen y pueden ser descubiertas de manera independiente de cualquier problemática precisa. Esto ocurre constantemente en lo cotidiano de la arqueología de contrato o de salvamento. A partir de sus descubrimientos, los arqueólogos deben ser capaces de establecer los “hechos” o de discernir sobre los objetos en su contexto, de describirlos minuciosamente, clasificarlos y cuantificarlos, operando con compilaciones[11]. Explicar el pasado no elimina la necesidad de una descripción lo más completa posible, o “exhaustiva”, como dicen los franceses. Muchas veces la descripción completa es una explicación, así como una explicación puede ser una descripción en la medida en que todas las descripciones pueden y deben involucrar teorías. Pueden estar plenas de significados, de generalizaciones y de imaginación científica[12]. Uno de los postulados básicos puesto en práctica por Leroi-Gourhan fue el de que un registro exhaustivo implica un esfuerzo que se hace para poder comprender todo[13]. Conviene recordar, sin embargo, que esta afirmación jamás limitó el registro de la mera lista de hechos y de objetos, como se podría ingenuamente pensar. El investigador debe, a partir de la documentación hallada, identificar similitudes y diferencias a través del método comparativo, organizando los datos en conjuntos contextuales[14]. A partir de ese momento, empiezan a hacerse abstracciones con el objetivo de llegar a la comprensión. El material puede ser entonces organizado en una situación temporal, definiendo períodos y procesos. Si la organización es espacial, contextos regionales y sectores de actividades son caracterizados. Y, finalmente, la organización tipológica puede llevarnos a las formas de organización social, a los estilos o a las culturas. Estas primeras actividades representan un nivel básico de inferencias. Con todo, es a partir de este momento que los arqueólogos se vuelcan a las interpretaciones de los significados contextuales y, consecuentemente, hacia las teorías de medio alcance. Los conjuntos de documentos escritos o de vestigios arqueológicos pueden ser pensados e interpretados, por un lado, en término de contenidos simbólicos y por otro lado, de procesos sistémicos[15]. Las diversas metodologías que el arqueólogo aplica en el estudio de la cultura material, nada más serían que el punto de partida para las interpretaciones y la búsqueda de significados. La arqueología puede limitarse a una simple técnica de observación y descripción de los vestigios remanentes y semidestruidos por el tiempo.

Ya hemos visto que, en el campo de la investigación, muchas veces podemos sentirnos atraídos por dos polos opuestos: el empírico y el teórico. En uno de los extremos encontramos innumerables publicaciones que apuntan a la reconstitución del pasado a partir de una descripción detallada de las evidencias encontradas. Estas descripciones a veces están acompañadas de raras explicaciones y, con frecuencia, de ninguna. La relación de los vestigios arqueológicos hallados se transforma en una tipología pocas veces precisa en términos conceptuales. La descripción histórica se limita a largas disgregaciones donde se detallan nombres y fechas. En el otro extremo, pueden surgir, eventualmente, teorizaciones absolutamente abstractas y apriorísticas, sin ninguna evidencia comprobatoria. No obstante, estas dos posibilidades no se agotan. En la mayoría de las investigaciones la teoría puede ser el último paso exitoso de una metodología adecuada a la problemática y a las fuentes documentales disponibles. Las teorías pasan a ser un elemento imprescindible en la reconstitución del pasado, tanto en el campo de las ciencias de la naturaleza como en el de las ciencias sociales.

Las ciencias de la naturaleza, de un modo general, se proponen expresar, en un lenguaje matemático, leyes en las que se pueden ordenar los fenómenos naturales, clasificarlos y controlarlos. Las generalizaciones empíricas que son presentadas como leyes universales se enuncian como una invariancia derivable de una teoría científica. Esto no sucede de la misma manera con las ciencias que buscan reconstitución del pasado, sean ellas las ciencias naturales, o las humanas. En estos casos, las teorías científicas enuncian variables constantes, derivadas muchas veces de estudios de caso o de proposiciones aisladas y actitudes analíticas. El grado de control o previsión pronosticada en ellas es bajo, por ser sus teorías probabilísticas muy amplias y el número de variables muy grande en cada caso específico. Pero tanto en las ciencias de la naturaleza como en las ciencias sociales, los investigadores no eliminan las teorías de sus procesos de análisis. Son ellas el resultado de un proceso de articulaciones mentales e inferencias, pues representan la interpretación intelectual conclusiva de un determinado estudio. Esto se debe a un hecho: el conocimiento teórico explica el conocimiento empírico mediante verdades relativas a la problemática estudiada. Mientras que el conocimiento empírico puede limitarse a sumariar datos oriundos de las actividades de campo de las excavaciones arqueológicas o de investigaciones documentales en archivos, solamente las teorías nos esclarecen sobre lo que ocurrió en el pasado, tratando de explicarlo e interpretarlo. Ellas desempeñan una dupla función. Por una parte, pueden explicarnos las evidencias ya conocidas proponiendo una primera solución, o bien sugiriendo reinterpretaciones elaboradas sobre trabajos anteriores, teorizando nuevamente sobre el saber acumulado. Por otra parte, abren nuevos horizontes en la medida en que nos presentan problemas inéditos y nos sugieren perspectivas inesperadas que nos conducirán a descubrimientos de nuevas evidencias sobre el pasado, en el afán de experimentarlas.

Aunque la noción de teoría pueda ser un poco vaga y se pueda discutir sobre la polisemia del término, hay un acuerdo tácito entre los investigadores sobre las ventajas de su utilización. Las teorías pueden explicar elucidar, interpretar e incluso auxilian en la organización de conjuntos de conocimientos. El uso de teorías en la práctica de la reconstitución significa, en principio, la posibilidad de que se trabaje científicamente a partir de problemas y no sólo a partir de las evidencias encontradas. Utilizando explícitamente teorías, podemos en un primer momento identificar y definir una problemática, así como tratar de explicarla buscando una solución a partir de hipótesis de trabajo. No existiendo soluciones universales, como en el campo de las ciencias de la naturaleza, las ciencias históricas van a valerse de abordajes teóricos que dependen y se relacionan dialécticamente con las problemáticas establecidas en el origen de la investigación, con los objetivos a ser obtenidos, con las condiciones de los sitios arqueológicos, con los medios financieros y humanos de que disponemos, e incluso con los tipos de fuentes documentales encontrados. La solución de problemas complejos tales como: el de las complicadas relaciones entre sociedades del pasado y los paleopaisajes; el de la relación entre el desarrollo del conocimiento y el impacto de las revoluciones tecnológicas; el de los contactos e impactos culturales provocados por las interacciones entre etnias diferentes, solamente podrán ser llevados a buen término teniéndose en cuenta el uso crítico de las teorías. Por uso crítico de las teorías se entiende aquí, no la valorización excesiva e ingenua de las mismas, ni el partir de conocimientos superficiales y limitados. Se trata de elegir críticamente aquella que resulte pertinente con la problemática que se quiere resolver. Asimismo, se pueden combinar racionalmente algunos enfoques teóricos, pero no de manera ecléctica, sino sintética.

Debemos tener presente que las nuevas evidencias sobre el pasado de las que podremos disponer en el futuro, podrán siempre refutar o confirmar las teorías, transformándose así en un excelente elemento de prueba. Sabemos que las teorías que quieren explicar el comportamiento humano a lo largo del proceso histórico no son pasibles de refutación directa. Si en el ámbito del estudio de la naturaleza descubrimos regularidades empíricas (físicas o químicas) que podemos denominar leyes, ya en el ámbito intelectivo de las inferencias en las ciencias del hombre, nosotros mismos construimos y creamos las teorías interpretativas además de reemplazar continuamente antiguas teorías por nuevas. Este hecho ocurre siempre, en la medida en que juzgamos unas teorías más adecuadas que las otras para explicar las problemáticas que queremos resolver. La arqueología, por ejemplo, nos proporciona los medios para establecer y comparar secuencias cronológicas de desarrollos tecnológicos que muestran regularidades y nos permiten comprender las transformaciones socioculturales en el transcurso del tiempo, tanto en sitios prehistóricos como históricos. Del mismo modo, esto puede llevarse a cabo a partir de las regularidades diacrónicas sociopolíticas demostradas por los estudios de documentos escritos producidos por las sociedades históricas. El acceso a esta serie de inferencias propuestas nos permite evaluar, contraponer y criticar mejor las diversas teorías presentadas como explicación[16], así como comprender sus límites y sus posibilidades.

Para usar apropiadamente una teoría, la misma no debe ser escogida emocionalmente, por compromisos ideológicos o por modismo. No existiendo una teoría única y universal capaz de explicar todo sobre la totalidad de los contenidos culturales de los documentos, de los archivos y de todas las evidencias arqueológicas existentes en todos los sitios arqueológicos del planeta, la elección debe recaer sobre aquella más pertinente y adecuada para la investigación en curso y que, por lo tanto, nos dé la mejor explicación. Adecuación y pertinencia son dos elementos clave en nuestra relación como investigadores del pasado con las teorías. En primer lugar, sabemos que disponemos de una serie de teorías ya propuestas por otros científicos, algunas de ellas expuestas en el pasado y aceptadas hoy, con una fuerza de autoridad que aún continúa reconocida en toda la comunidad científica. Otras han sido elaboradas especialmente en la segunda mitad del siglo 20 siguiendo las nuevas orientaciones de las ciencias sociales. Esto significa, para nosotros, que las teorías podrán ser adoptadas sin alteración en el caso de que sean idénticas a las problemáticas exploradas por sus creadores. No obstante, debemos ser cautelosos al proceder a cualquier adaptación que consideremos necesaria, en el caso de problemáticas que sean semejantes, aunque no iguales a las originales. Será preciso tener el mismo coraje y osadía de los científicos de las generaciones precedentes y proponer o crear una nueva teoría frente a una situación enteramente original. Esta es una situación muy común entre los arqueólogos que actualmente investigan los continentes africano, asiático y americano. Suelen encontrarse con vestigios arqueológicos absolutamente nuevos y que suponen problemáticas totalmente desconocidas por algunos de los grandes teóricos del pasado, aquellos que dominaban muy bien su historia local por ser europeos. En consecuencia, el surgimiento de nuevos tipos de documentos de la cultura material y de problemáticas originales nos induce a formular nuevas preguntas y, tal vez, a buscar nuevas respuestas, hecho que se refleja en la renovación constante de las teorías en el curso de los siglos 19 y 20[17].

Una teoría jamás debería volverse doctrina, o sea, un conjunto de ideas ingenuamente transformado en verdad revelada y puesto en práctica como un ritual. En lugar de la aplicación irreflexiva, esclerosada y mecánica de una teoría, los investigadores que se proponen estudiar el pasado de sus comunidades y de sus regiones deben usar la razón crítica para pensar y repensar sobre la posible pertinencia y adecuación de las teorías a sus problemáticas.

La utilización de las mejores teorías disponibles, locales o importadas, aplicadas integralmente o adaptadas, aumenta las posibilidades tanto de una práctica y como de una discusión más científicas. Debemos lograr éxito en el uso crítico de las teorías para que establezcamos con más definición y objetividad los pasos de nuestras investigaciones. Podremos discutir con más propiedad la cientificidad de nuestras investigaciones e intervenciones, así como la de nuestra producción intelectual. El uso crítico de teorías define mejor las problemáticas, las premisas, los objetivos, las metodologías y, principalmente, las interpretaciones de la investigación y el conocimiento generado por ella. Se favorece de esta manera la posibilidad de una discusión científica interna, clara y transparente que debe sustituir el clima pasional o personal de las críticas gratuitas. Tendríamos así, plenas condiciones de participar de la discusión externa con nuestros colegas de las otras ciencias próximas, en especial, de la Antropología y de la Sociología.

Existen facetas del análisis de los datos y de las reconstituciones idealizadas del pasado que no pueden ser desarrolladas sin la ayuda de las interpretaciones teóricas. En primer lugar, es preciso recordar la problemática de la “contemporaneidad de lo no contemporáneo”, es decir, la coexistencia de elementos tradicionales del pasado lado a lado con las innovaciones y la modernización. Son justamente los análisis teóricos los que nos impiden caer en las simplificaciones de las explicaciones monocausales. Sin llegar a los determinismos simplificadores (geográficos, economicista, providencialista, de las leyes culturales o del liderazgo de los héroes) nos tornamos capaces de reconocer y tener en cuenta las innumerables condiciones objetivas, las oposiciones dialécticas de múltiples factores actuantes, así como el complejo de circunstancias que caracterizan los contextos natural y sociocultural en los que se insiere una determinada sociedad del pasado. Finalmente, el uso explícito de teorías nos permite la comprensión y la utilización de modelos de múltiples variables que explican las acciones y reacciones de los condicionantes que actúan sobre los aspectos sociales y culturales de una sociedad.

Las síntesis de las presentaciones de los resultados deben ser facilitadas por medio de investigaciones teóricamente orientadas. Son precisamente ellas las que le darán al investigador del pasado las condiciones para establecer un cuadro referencial conceptual, para explicitar y explicar sus problemáticas, y para elaborar teorías propias. Con todo, tenemos que estar siempre preocupados con la adecuación y la pertinencia de las teorías (elegidas o elaboradas) con las realidades pasadas, las que nos son sólo sugeridas por los elementos materiales de la cultura, por los vestigios arqueológicos remanentes o por los documentos escritos. Ellas nos permitirán elaborar hipótesis de trabajo destinadas a completar el panorama general de la reconstitución del pasado, que realizamos reemplazando los datos que no tenemos disponibles. Cabe señalar una vez más, cómo es de falsa la idea de que el pasado pueda ser reconstituido en su totalidad únicamente a través de los raros vestigios materiales sobrevivientes. Esta reconstitución de la totalidad de la cultura del pasado a partir de muestras muchas veces fragmentadas de objetos, podrá sólo ser lograda a partir de una investigación teóricamente orientada y, por lo tanto, en el plano de las ideas.

Trabajar con teorías en el campo de la investigación que apunta a la producción intelectual de una reconstitución del pasado, significa la búsqueda de un término intermediario entre las generalizaciones abstractas y las informaciones objetivas oportunizadas por los vestigios arqueológicos. Por un lado, las teorías deben ser empíricamente comprobables, o sea, deberán ser adecuadas y pertinentes a un número muy grande de evidencias materiales, provenientes de diferentes archivos y de sitios arqueológicos. Afirmar que todas las teorías deben tener un contenido empírico es recordar que nuestras afirmaciones y aserciones explicativas tienen que relacionarse con las evidencias materiales conocidas y analizadas. Deben incluso ser confrontadas con aquellos vestigios incómodos y textos que parecen contraponerse a la explicación propuesta. Por otro lado, las fuentes documentales deben ser examinadas a la luz de una teoría que pueda responder a la problemática que orienta la investigación en desarrollo. Popper caracterizó muy bien esta situación cuando afirmó: "No existe ninguna ciencia puramente observacional; existen solamente ciencias en las cuales teorizamos (más o menos consciente y críticamente). Queda claro que esto también sirve para las ciencias sociales”. Asimismo, demuestra que toda la explicación reposa sobre un sistema lógico básico: una inferencia puede llegar a una conclusión final si posee como premisas una teoría y una serie de condiciones iniciales o conjunto de conocimientos anteriores que establecen una situación o contexto[18]. Se define así, el papel de la teoría a partir del conjunto de los análisis elaborados sobre las fuentes, en el nivel más elevado de las inferencias lógicas.

3. Conclusiones y perspectivas

La arqueología se encuentra en un momento de transición y crisis extremamente significativas. Anteriormente se caracterizaba por ser una investigación universitaria y académica. Actualmente está asombrada debido a su propio crecimiento, en especial, al volumen cada vez mayor de la arqueología de contrato. Los arqueólogos definen tímidamente su ciencia como “ciencia en construcción”, ignorando que todas las ciencias están en construcción y sufren mutaciones rápidas. Los arqueólogos se sienten hoy abrumados por la masa de conocimientos acumulados, por los millones de vestigios arqueológicos almacenados en los sótanos de los museos, por la ampliación de las temáticas y por la diversidad de abordajes. Necesitamos un esfuerzo colectivo de organización y un repensar epistemológico. No se trata de una discusión malhumorada y sin sentido sobre los límites y las fronteras de la arqueología en relación con la antropología, la historia y la sociología. Se trata de aceptar las innumerables lecciones oriundas de discusiones y reestructuraciones de las demás ciencias sociales con vistas a una afirmación propia y a la superación de sus limitaciones, invirtiendo en sus posibilidades.

Del punto de vista científico, la discusión propuesta en estas consideraciones se vuelca a la necesidad de poner de manifiesto las fallas y las lagunas existentes en nuestros procesos de inferencia. Esta autocrítica es un utensilio apropiado: es el descubrimiento y la evidenciación de los problemas que nos hace partir hacia la búsqueda de soluciones. En el caso de la utilización de teorías en la inmensa y compleja tarea de la reconstitución idealizada del pasado de la humanidad, urge que dominemos más objetivamente y con relativa seguridad nuestras interpretaciones de medio alcance, como solución para que nuestro conocimiento evolucione satisfactoriamente[19]. Nuestras reconstrucciones mentales deben ser analizadas y repensadas como una forma de reevaluar los contenidos de nuestras interpretaciones. Debajo del nivel superficial del estilo literario y de la mera repetición de algunas ideas extremamente generalizadoras de algunas megateorías metafísicas, es necesario llegar al núcleo de los contenidos, analizando los niveles más profundos de nuestras inferencias. No podemos contentarnos con ignorar el debate sobre el uso de las teorías en los campos cada vez más amplios de la arqueología. Alain Gallay, con mucha propiedad nos alerta sobre el carácter relativo de este esfuerzo en busca de la coherencia. Sabemos que “la armonía entre la teoría y la práctica constituye, en el mejor de los casos, un objetivo a ser alcanzado, y, ciertamente, una dialéctica constantemente puesta en cuestionamiento”[20]. No nos servirá mucho penetrar profundamente en el pensamiento de los filósofos para entender estas necesidades teóricas de la arqueología, en la medida en que no siempre ellos están preocupados con nuestros problemas científicos. En los campos de trabajo transitados por los arqueólogos existe un sin número de ejemplos de cómo las teorías sirven de utensilios intelectuales, heurísticos, artesanales, para la realización de las tareas necesarias. Debemos definir cuál es la contribución que la arqueología histórica puede ofrecernos para entender a las sociedades que nos legaron archivos escritos y tecnológicos de sus sitios históricos, y cuál es la que la arqueología puede brindarnos para comprender las etnias que nos dejaron sitios prehistóricos y sus archivos de cultura material. Pero ante todo, debemos pensar qué aportes la investigación teóricamente orientada puede dar a esta ciencia. Hodder afirmó con propiedad que tenemos la posibilidad de contribuir con nuestros propios datos para los debates más generales en el ámbito de las ciencias sociales, “usando, para ello, sus propios métodos y teorías (...)" [21]. Esta búsqueda de cientificidad, sin embargo, no debe ignorar que estamos en busca de hombres y de sociedades y no de objetos o de textos[22].

El discurso científico de una arqueología teóricamente orientada, no será jamás el mismo lenguaje de los hombres del pasado. Habrá una diferencia sustancial entre los sistemas de análisis empleados hoy y los sistemas de signos de los hombres del pasado. Así, no será jamás posible confundir la teoría actual con la realidad del pasado. Debemos igualmente limitarnos a una mejor explicitación de las demostraciones y de nuestras interpretaciones, sin ambicionar la transformación de nuestro discurso teórico en una formulación matemática ampliando aún más la arqueometría cuantitativista, pues perderíamos de vista este conjunto complejo y multiforme de las sociedades humanas.

Al tomar conocimiento de las limitaciones posibles en el uso de las teorías y de nuestras dificultades personales para la reconstitución del pasado, tenemos que evitar caer en el nihilismo. Incluso partiendo de una concepción socrática de que sabemos muy bien que no sabemos nada, y que nuestras teorías serán directamente confirmables dado que las poblaciones del pasado no pueden más ser estudiadas directamente, debemos tener consciencia de que el pesimismo puede ser superado. Podremos siempre criticar racionalmente nuestras teorías y, continuamente, perfeccionarlas, distinguiéndolas de otras teorías menos buenas[23]. Y aunque las teorías puedan presentar muchas veces versiones un poco diferentes sobre la misma realidad, no son esencialmente contradictorias sino básicamente complementares. En suma, contribuyen para un objetivo final que es el de conocer y comprender las varias facetas de la compleja realidad histórica del pasado, tratando, en último análisis, de hacer percibir la lección que ellas mismas tal vez no consiguen transmitir.

Esta constatación demuestra que las teorías no deberán servir solamente a los fines específicos de la práctica científica. La arqueología teóricamente orientada deberá igualmente gozar de una importancia práctica para la vida. La referencia aquí a una importancia práctica no significa imaginar que estas ciencias puedan tener una aplicación práctica strictu sensu, es decir, inmediata. Significa que ellas podrán ser una vía hacia la comprensión del proceso histórico en el que estamos inseridos como humanidad. De esta manera, podrán colaborar con el debate de la teoría moderna de las Ciencias Sociales, así como de la propia sociedad, en un sentido amplio[24]. Y, también, facilitarán la abertura hacia el futuro en la medida en que nos provean informaciones e interpretaciones sustanciales, fomentando la toma de decisiones y la realización de planes venideros.  

Notas


[1] Innumerables son las obras que han tratado esta temática teórica, tanto en la producción histórica como en la arqueológica, aunque sin privilegiar el ángulo de abordaje de los límites y de las posibilidades de utilización de las teorías como un instrumental heurístico.

[2] Tales como las de este Congreso.

[3] "Tous les auteurs ont insisté sur la vocation fondamentalement critique de la réflexion épistémologique; mais, du fait même qu'elle est pratiquée aujourd'hui par ceux qui "fabriquent" la science, elle prend la forme d'une autocritique, extrêmement fructueuse dans la mesure où elle se développe de façon systématique et continue, dans le cadre d'un processus dialectique". DELPORTE, Henri. Archéologie et réalité. París: Picard, 1984: 18.

[4] En 1967, James Deetz ya había manifestado de manera optimisma: "Since the ultimate end of all archaeology is the fleshing out in cultural terms of the basic data, we can confidently expect new and sophisticated emphasis on the aspects of inference to produce exciting results in the very near future". Invitation to Archaeology. New York: The Natural History Press, 1967.p. 138.

[5] LEROI-GOURHAN, André. Le Geste et la Parole. Technique et Langage. París: Albin Michel, 1964. Pg. 10.

[6] "Archaeology is best able to contribute to a general understanding of human behavior in terms of the information that it provides about changes that occur over longer periods of time and which therefore cannot be studied using contemporary social-science data". TRIGGER, Bruce G. A history of archaeological thought. Cambridge: Cambridge Univ. Press, 1989. p. 409.

[7] Sobre el tema de una Arqueología comprometida con lo social, ver: FUNARI, Pedro-Paulo. Reflexões sobre a mais re- ecente teoria arqueológica. Revista de Pré-Hisória 7: 203-9, 1989.

[8]"Il y a plus d'un demi-siècle que la recherche historique est sortie de l'intérêt exclusif pour l'événement; la pré- histoire, qui n'á même pas l'excuse de retrouver les génealogies et les batailles qui font la gloire des peuples, doit tout faire pour dépasser les fausses généalogies qu'elle s'est créés avec les burins et les pointes pédonculées". LEROI-GOURHAN, André. Problèmes métodologiques. Les fouilles et la doctrine de recherche.In: LER0I-G0URHAN, André et alii. La Préhistoire. ParÍs: Presses Universitaires de France, 1968. p. 238. Recordemos que lo mismo vale para las fases y tradiciones, tan preciadas por los arqueólogos brasileños.

[9] El término ciencia puede significar simplemente saber o conocer, por ejemplo, cuando alguien afirma haber “tomado ciencia” de algún hecho. Pero puede igualmente significar un conjunto organizado de conocimientos relativos a un determinado objeto, especialmente, los conocimientos obtenidos por la experiencia o por la observación, a través de metodologías propias.

[10] Alain Gallay destaca la aparente contradicción entre "l'impossibilité de réduire les faits humains dans des théories unificratices et la possibilité de donner de la réalíté une description "exaustive".GALLAY, Alain. L’Archeologie demain. París: P. Belfond, 1986, p. 55.

[11] COURBIN, Paul. Qu’est-ce que l’Archéologie. París: Payot, 1982. Ver una presentación crítica de las ideas de Courbin en GALLAY, Alain. opus cit., p. 57-61.

[12] HODDER, Ian. opus cit.,p. 143. Esta peculiaridad explica porqué "...the archaeologist is more like the composer than conductor of music" (p. 144).

[13] "...un enregistrement exhaustif implique qu'on ait fait l'effort de chercher à tout comprendre ...". In: LER0I-G0URHAN, André et alii. opus cit., pg. 238. Véase la aplicación del principio en la obra: LEROI-GOURHAN, André; BREZILLON, Michel. Fouilles de Pincevent. París: Edit. CNRS, 1972.

[14] Véase la figura 6, en la página 125, en la obra de HODDER, ya citada.

[15] HODDER, Ian. opus cit., p. 121, 124-25.

[16] TRIGGER, Bruce G. opus cit, p. 409. Sobre la posible refutación de las teorías, consultar: POPPER, Karl. Lógica das Ciências Sociais. Brasilia: Ed. Univ. Brasilia, 1978.p. 34.

[17] WEHLER, Hans-Ulrich. Opus cit., p. 103.

[18] POPPER, Karl. opus cit., ps. 28-3o.

[19] GALLAY, Alain. opus cit., p. 206.

[20] "...l'harmonie entre la théorie et la pratique ne consti- tue, au mieux, qu'un but vers lequel il faut tendre, et plus certainement une dialectique continuellement remise en question". GALLAY, Alain. opus cit., p. 277.

[21] HODDER, Ian. opus cit., p. 174.

[22] "... the archaeologist is digging up, not things, but people." WHEELER, Mortimer. Archaeology from the Earth. Londres: Penguin Books, 1968. P. 13.

[23] POPPER, K. opus cit., p. 34.

[24] "... it may also serve as a guide for future development, not in the sense of providing technocratic knowledge to social planners but by helping people to make more informed choices with respect to public policy". TRIGGER, Bruce G. opus cit., p. 410. "...can contribute to debate within moderns social theory and within society at large". HODDER, Ian. opus cit., p. 178.